jueves, 31 de marzo de 2016

ELIAS, el peor. ELIAS, el mejor

“No soy mejor que mis padres…” (1R. 19:4) “…solo yo he quedado” (1 R.19:14)
¿Qué es lo que hacía de Elías un profeta único? ¿Por qué era una referencia inevitable para los demás? Si hay algo que este profeta tenía era pasión, fuego, y hacía cosas que nadie podía hacer. ¿Cuál era el secreto? Era un hombre secreto, solitario, ermitaño. Si viviera en este tiempo, no estaría visitando las redes sociales, no sería popular, sino que aparecería de manera fugaz, sin protocolo, ni siguiendo una agenda de gobierno. Pondría a su nación patas arriba en una sola intervención. Y desaparecería, sin formar un ministerio ni hacer una escuela de profetas. Era Elías, sin esposa, sin hijos, considerado en un instante un héroe y en el siguiente un traidor a la patria. Estaba en la nómina de los más buscados “vivo o muerto”. Escucharle, y verle habría sido algo único. Y para muchos fue lo último que hicieron, pues 450 profetas fueron decapitados por su mano y 102 militares murieron calcinados a sus pies.
Leonard Ravenhill, dice en uno de sus escritos: “A la pregunta “¿Dónde está el Dios de Elias?” respondemos: Pues donde ha estado siempre: ¡en su trono!, Pero ¿Dónde están los Elías de Dios?“. Cuando miras su vida solo puedes verlo en esos instantes donde salía del secreto, donde hacía su aparición en público. Tal vez él es el mejor ejemplo de la sentencia de Jesús “ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”
Elías no podría trabajar en ninguna de las empresas capitalistas de hoy, no lo aceptaríamos como predicador en ninguna de nuestras congregaciones, no sería el fundador de ningún movimiento, no llevaría adelante proyectos a largo plazo, no fundaría una iglesia. Era un profeta. Su gran secreto estaba en una vida secreta. Una vida de dependencia absoluta.
Ser Elías tuvo un costo elevado, y el precio que pagó se evidenció debajo de un árbol, un enebro donde Dios le encontró. Allí, agotado, deprimido, con una angustia profunda, exclamó: “Quítame la vida, porque no soy mejor que mis padres”. ¿Qué le había sucedido? ¿Qué experiencia tan fuerte lo llevó a ese pozo de desesperación? Venía de hacer dos oraciones que quedaron registradas en la historia de Israel, oró que cayera fuego y oró que cayera agua y las dos cosas sucedieron, en un mismo día. ¿No era acaso el mejor momento de su carrera? La escena del monte Carmelo es la más descriptiva de su influencia en la nación. Pero Elías deseaba morir. ¿Por qué?
La respuesta está en una experiencia previa al descenso del fuego y del agua. Él había convocado al pueblo de Dios y a los profetas de los baales. Y allí le dio al pueblo un mensaje que atravesaría cualquier corazón. Les zamarrea fuertemente y les dice: ¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios seguidle; y si es Baal id en pos de él.” Allí dejó de hablar, pues esperaba la reacción. Su esperanza era que el pueblo comenzara a gritar: “Jehová es Dios y le seguiremos, nos arrepentimos y le obedeceremos…” Y el silencio se hizo ensordecedor. Y la sentencia de ese momento fue “y el pueblo no respondió palabra” TIBIEZA, INDIFERENCIA. Y entonces convocó a una competencia Baal vs Jehová. Y todos dijeron: “Bien dicho”. Ellos querían milagros, pruebas. Ellos querían show. Y eso atravesó el corazón de Elías.
La indiferencia del pueblo es dolorosa, sí, dolorosa hasta la muerte. Elías no podía convivir con tanta tibieza espiritual. Pero hoy nos hemos acostumbrado. Anhelamos los eventos, los shows, el contar las manos levantadas. Vemos esporádicamente al Dios de Elías, pero los Elías de Dios más que secretos son invisibles. Y el resto de los predicadores somos tan poco eficaces, tan tibios como el pueblo, que nos hemos metido en sus modelos, sus desafíos y su indiferencia. Cada tanto aparece algún Elías, a quien mandamos a perseguir y nos encargamos de que vuelva a su cueva.
Esta es la generación que se emociona por mártires contemporáneos, mientras apedrea a sus profetas. A quienes denuncian la verdad, esa que nos cuesta digerir a todos. Claudicamos entre dos pensamientos, ¿Quién es Dios? ¿El Dios del cielo? ¿o los otros dioses: mundo, carne, Satanás?.
Ese era Elías. Sus dos malos momentos fueron en medio de sus mejores momentos: luego del fuego y el agua y luego de la experiencia de estar en la presencia de Dios. Bajo un enebro y en la cueva del monte de Dios. Bajo el árbol exclamó “soy el peor” y en la cueva “soy el mejor”. Nada de esto era verdad. Y me pregunto. ¿Hasta cuando yo claudicaré? ¿Hasta cuando mi propia TIBIEZA e INDIFERENCIA? Necesitamos más enebros en nuestra vida y más cuevas secretas. Necesitamos más de esos Elías. Profetas de fuego. Varones del monte y de la cueva. Varones de Dios.